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B7XO - Periodista
(Twitter: @b7xo)

 

¿En dónde quedó el pop electrónico? Actualmente, de no ser por el 'Music Complete' de New Order estaríamos hablando de una nulidad en cuanto a producciones de calidad dentro del género. Dejemos para otra entrada las expresiones noventeras más orientadas hacia el Electronic Body Music (EBM) y el cyberpunk con exponentes como Front 242, Skinny Puppy, My Life with the Thrill Kill Kut y Ministry, y concentrémonos en la dosificación más dulce del electrónico.

Hace unos años, cuando era colaborador de la desaparecida revista Rock Stage y el periódico El Universal, entrevisté a Moenia en las oficinas de su disquera en Polanco. Más allá de lo que rezaba el boletín, eslabonamos una charla de toma y daca muy interesante alrededor de sus influencias. Entendiendo el sonido primigenio de Moenia, cuando aparecieron en un acoplado de bandas emergentes llamado UgaBuga: Unión de Grupos Alternativos en Busca de Gran Audiencia, un estilo después acicalado gracias a los grandes estudios, no me sorprendió que hicieran referencia a bandas como New Order, Opus III, Everything but the Girl, Camouflage, Pet Shop Boys, Cause and Effect y, evidentemente, Depeche Mode. 

El estallido del pop electrónico entre mediados de los ochentas y principios de los noventas le debe gran parte de la pólvora a organizaciones musicales New Wave, antes punks, que experimentaban con sonidos electrónicos y, sobre todo, con texturas que soportaban una armonización clara que cobijaba la contundencia de un beat nada temeroso, desde Psychedelic Furs hasta Duran Duran. No obstante, el primer empuje surgió desde las pistas de las discotecas y los soundtracks gracias al padre de la música electrónica moderna: Giorgio Moroder, quien demostró que lo comercial y bailable no estaba peleado con la calidad.

Inclusive en México nacieron bandas orientadas específicamente a la manipulación de ese sonido como Pedro y las tortugas, Bon y los Enemigos del Silencio, LLT, Moenia, Titán y los mismos Belanova,  o bien de otras que provenían de la escena post punk como Size o Artefakto. Encima, aunque a algunos les provoque rasquiña, sonideros de la talla de Polymarchs han mantenido en sus “bailes” esa esencia discotequera que invita al desfogue de las neuronas conducidas por un beat íntimamente lúdico.

A diferencia de otros géneros, el electro –semillero de diversos ejemplos– permea cualquier estrato social. Eso se percibe, como señalábamos líneas arriba, desde los bailes sonideros en colonias populares pasando por las fiestas de los estudiantes de la Ibero en el Patrick Miller, las reuniones privadas de los hipsters de La Condesa, hasta los antros más exclusivos de Nueva York como el Limelight (como referencia checar el OST de American Psycho). No obstante, siguen programándose los mismos tracks de culto y cada vez son menos las nuevas propuestas. 

En México, a pesar de ejemplos como Technicolor Fabrics, .stendal o Disco Ruido, la esencia parece saltarse la influencia de Nortec o Nopal Beat y optan por masticar sonidos como la propuesta menos elegante, aunque no por eso poco efectiva, de Silverio (ex Titán). 

Hoy en día, sin demeritar el esfuerzo y la calidad de algunos, son los DJs quienes dominan la escena electrónica. Algunos solamente pinchando canciones ajenas y otros como deadmau5, ATB y Chicane, y Alyosha Barreiro o The Wookies en México, produciendo material propio de calidad incuestionable con distintos objetivos pero sin evitar la exposición de sus influencias. 

Sin embargo, se trata de tracks aislados cuya adhesión a una propuesta se difumina por el golpe efectivo de la buena mezcla cuyas crestas te orientan por otros océanos. 

Las bandas que componen el bagaje de Moenia han quedado como viejos ejemplos, e inclusive puedo decir que clichés, al no existir trascendencia en las propuestas. Todo gracias a la velocidad de la información y las ventajas de la tecnología que evitan esa colaboración que supone dejar de lado el ego y la necesidad de componer y producir en soledad. 

En México, donde el electro no tiene el arraigo que presume la música hecha con una guitarra eléctrica y un distorsionador, el músico electrónico debe lidiar contra el mito que reza “qué fácil es hacer música apretando botones”. Y es precisamente esa falta de cultura uno de los principales factores que evitan el asentamiento de un género que, como todos, desciende del pop pero requiere de una buena educación musical para ser apreciado más allá de los gritos acompañados de un guitarrazo. O es quizás que los oídos no están acostumbrados a escuchar y apreciar algo diferente, más allá de lo que mamaron desde la cuna.

¿Por qué no los he visto en un Vive Latino? Les pregunté a los Moenia después de verlos en vivo en el Auditorio Nacional, un escenario que beneficia por la acústica tan fina que propone y que le otorgó a los Moenia el cariz de una excelente banda de estadio.

“No lo sabemos”, dijeron, “es algo que no alcanzamos a comprender”. 

Esa era, precisamente, la respuesta que yo esperaba.