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Cómo la música me salvó la vida

MARIANELA VANNUCCI - Fashion Blogger

(Twitter: @soyemeve)

 

Argentina no es un país fácil. Es hermoso. Tenemos todo. Pero estamos sumergidos en una realidad  social y sentimental que nos desborda todos los días. Seguramente no es solo mi país, seguramente son muchos, pero de lo que sí estoy segura es escribir lo que veo. La gente se grita por la calle, se empuja al caminar, se insulta, se juzga. Hay violencia de género, hay violencia verbal, hay violencia mental. 

Personalmente, me crie en esa época que se podía estar en la vereda sin miedo, o se podía dormir sin poner mil llaves. Un día, mediáticamente, por razones inexplicables, mi familia se hizo pública. Un día, mediáticamente, por razones inexplicables, me sentí desnuda delante de cámara sin haberlo pedido. Un día, empecé a llevar esa cruz bien adentro sin poder gritarla. La lleve con la cabeza en alto, aunque me costaba levantarme de la cama, pero pensando que como decían los piojos, todo pasa. Un día, esas mil llaves, las tuve que poner en mi casa y bien adentro mío, para no hacer pública mi vida y para dejar de  perder cosas.

¿Cómo entró la música en todo esto? Si. Yo me lo pregunté en algún momento, pero dejé de hacerlo y empecé a sentirlo. En todo ese apocalíptico estado interior, seguí estudiando. Seguí viajando horas para  ver a mis amigas. Seguí yendo a los lugares que me hacían sentir yo, arrastrándome. En esos trayectos, me ponía los auriculares y me extraía del mundo. Me trasladaba al unísono, formando mi planeta aparte, en donde nadie podía lastimarme. Les cuento que en una época no podía salir con mi celular y hacer eso porque me quisieron robar, y tenía miedo de sacarlo a la calle, o que me hagan algo por un simple aparato que maneja nuestras vidas y nos hace mostrar la mejor cara, aunque estés lleno de agonía. Esas semanas de miedo, me sentí vacía. Que caminaba escuchando bocinas, gritos, y que la gente me miraba de más por la exposición pública. Sentía que caminaba sin ropa.

Lo “supere”. Volví a ponerme los auriculares. Sonreí, caminé más firme, menos rígida y con menos miedo. Revolví la cabeza, moví los pies, moví las manos. Las articulaciones empezaron a cobrar vida. Pedaleé más fuerte, amé más fuerte. Me despeiné. Le sonreí a los demás, y las calles de Buenos Aires  volvieron a ser más lindas. 

Otro de esos días, no sabía que decir en una situación que jugaba entre el amor y la perdida. Con los ojos hechos agua, pero agua que no salía, puse play a The Scientist de Coldplay y a Si es amor de Fito Páez. Listo. No tenía más nada para decir. Lo dijeron por mí. 

Así me siento fuerte. Así me entiendo yo. Ahí adentro estoy yo. Entera o a pedazos, pero ESTOY. Si tengo  ganas de gritar, pongo There will be time de Mumford & Sons. Si tengo ganas de estar melancólica,  pongo 11 episodios sinfónicos de Cerati. Si tengo ganas de caminar bailando, tengo millones opciones. Si  tengo ganas de alegrarme, pongo mis mil opciones noventosas. Porque esto va más allá del título, va  más allá del artista. Va por como ciertos acordes se introducen tan adentro que me liberan toda la endorfina que estaba adormecida. Va por como un acorde, te mueve todo el cuerpo que estaba rígido. Va por como las palabras, acompañadas de la voz perfecta, te pone detrás del corazón, moviéndolo lentamente. 

Va por ahí. Por cómo nos llenamos de fuerza. Por cómo nos metemos voluntariamente a un centro de rehabilitación donde todo es paradisíaco, y nada tiene relación con el dolor o el sufrimiento. Eva habrá probado de la manzana prohibida y se habrá generado toda esta violencia que hay en el mundo, pero depende de nosotros poner play y mudarte a otro mejor, donde no hay dolor, y los únicos gritos que  escuchas son de pasión.

Y sí, así, así fue como la música me salvó la vida, llenándome de fuerza. 

 

Corona

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