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Rock And Droll 4

El sexo es mejor en Silencio… Absoluto 

 

Por Arturo J. Flores - Editor de Playboy
(Twitter: @arthuralangore) 

 

 

Se habla mucho de que en la prisión de Guantánamo se utilizan las canciones de Metallica, Britney Spears y hasta el tema de Barney para martirizar a los prisioneros. No vayamos tan lejos. Para mi madre (QEPD) representaba toda una tortura que me refinara 'La invasión de los blátidos' de La Cuca a todo volumen, mientras ella leía la Biblia. 

Este sábado fui a desayunar a un restaurante, cercano a mi casa, que me fascina, porque siempre te regalan una pieza de pan dulce recién horneado. Quién sabe por qué designio demoniaco este fin de semana se les ocurrió musicalizar el lugarcillo con un disco de Luis Miguel. Eso bastó para que los huevos con chile pasilla que normalmente me saben a gloria, despertaran en mí la sensación de que devoraba las entrañas calientes de un tripulante del U.S.C.S.S. Nostromo, siendo yo el 'octavo pasajero'. O peor aún, que le lamía los machitos rasurados a King Kong.  

Pa' pronto: las canciones de Luis Miguel bastaron para agriarme los alimentos. (“Eres como un potro sin domar”, decía una de ellas, ¡y luego dicen que el metal es misógino! WTF). 

La misma música que unos disfrutamos  lastima a otros. Y viceversa. Lo único que nos hermana es la aversión al silencio. El ser humano sólo concibe el silencio (con sus reservas) cuando se va a dormir. De ahí en fuera, prefiere rodearse de ruido. En la oficina, en el gimnasio, en las escuelas. Sólo las bibliotecas, las iglesias y los bancos (estos sí, inexplicablemente porque no está escrito en ningún lado que debamos hablar bajito en su interior), exigen cierto grado moderado de no-sonido a sus visitantes. 

El silencio nos vuelve locos. Nos desconcierta. Por lo menos eso dice un estudio realizado por los Laboratorios Orfield de Minneapolis, quienes crearon una cámara anecoica, el sitio más silencioso sobre la tierra. En ella tiene lugar el Silencio Absoluto, ya que el 99,99% del ruido es absorbido. En su interior, contra los 0 decibeles que representa el umbral del oído humano, se registran -9,6 decibeles. 

Lo interesante es que de acuerdo con los expertos, un ser humano sólo podría  permanecer 45 minutos dentro de la cámara sin perder el juicio. No estamos preparados para escuchar nuestros propios pensamientos. De hecho, quienes han entrado necesitan tomar asiento, porque el silencio los hace marearse, desorientarse, sentirse angustiados. Se puede deducir que si no fuera por la música, independientemente de si te gustan los Seagulls o Arjona, nadie estaría medio cuerdo. 

Silencio Absoluto es el nombre de una banda de punk-heavy metal formada a fines de los 80 y originaria de La Rioja, en el País Vasco. Los conocí hace unos años, porque escuchaba un programa de radio por Internet en el que había una locutora que los programaba con regularidad. Digamos que su nombre F y era dueña de una voz hermosa, que junto con la canción, me hacía mucho más llevadera la jornada laboral cuando se me metía por lo oídos. 

El guionista de la existencia es loquillo. Quiso que un día conociera a F, cuando su jefe me buscó para hacerme una entrevista en el programa, a propósito de un libro que publiqué por aquellos días. F era más bonita en persona. La entrevista nos puso a los dos muy nerviosos. Me atrevo a pensar que la tensión sexual traspasó la barrera de la cabina y se transmitía a través de la red a los escuchas. Esa misma tensión sexual quiso que F y yo termináramos haciendo un escándalo de mis mil diablos un sábado, en la habitación de un hotel, después de habernos visto para “tomar una cerveza como amigos”. Ajá. 

Durante unos meses salimos. Yo la escuchaba en la oficina, le enviaba mensajes sucios por inbox y ella me dedicaba canciones al aire, utilizando un seudónimo. Después volvíamos a liberar la tensión sexual bajo las sábanas. Desnudos, platicábamos de música. Aunque era 11 años más joven que yo, me sorprendía que tuviera unos gustos tan vintage: Silencio Absoluto, Lita Ford y Ronnie  

James Dio eran tres de sus favoritos. No resultaba extraño entonces que le gustara yo. El mismo guionista que nos reunió un día nos separó de un plumazo. El programa salió del aire. Dejamos de encontrar tiempo para vernos y poco a poco tomamos caminos distintos. Pero a veces pongo a Silencio Absoluto y la recuerdo. No cabe duda que la música siempre está ahí para salvarnos. 

La canción que F ponía se llama Me gusta salir y dice así: 

“Me senté paciente a la vera de un camino a esperar  

algún viento distraído… 

¡Hola! ¿qué tal? ¿te vienes conmigo?”