. Quarter Rock Press - Rock and Droll 2
 
 
   

Rock and Droll 2

Por: Arturo J. Flores (@arthuralangore) - Editor de Playboy

 

Soy un pésimo crítico musical. Hace muchos años mi amigo Andrés Vargas, El Bicho, a quien conocí en las páginas de la desaparecida revista Rock Stage, me dijo que no debía otorgarle a las canciones un valor extra musical.

Por aquel entonces, yo sostenía una relación con una chica a la que por primera vez invité a un hotel mientras en el estéreo del coche sonaba Love song, de The Cure. Lo malo es que yo tenía novia. Como siempre, lo que mal comienza mal termina.

Después de tres visitas al hotel con sus respectivos dramas, la mujer resolvió mandarme por un tubo y comenzar una relación con un dude mucho menos complicado e indeciso que yo. Desde entonces, se me volvió imposible abrir los oídos a esa misma canción de The Cure que antes me fascinaba.

“Esa no porque me duele”, le dije a Bicho, un fan irredimible de Robert Smith, una vez en su casa cuando estaba a punto de poner Love song para acompañar unos tragos. “No seas pendejo”, me respondió con la licencia que sólo la hermandad de sangre otorga. “Disfruta la música por la música misma. No le cuelgues milagritos que no tiene”. Se me hizo uno de los mejores consejos que alguien me haya dado. Y como hago siempre con los consejos, jamás lo puse en práctica.No puedo. Me cuesta un huevo separar los oídos de la tripa. Inevitablemente los primeros me conducen a la segunda. Por eso digo que como crítico musical apesto. Y sin embargo, me muevo.

Continuamente me invitan a reseñar discos y conciertos en revistas, blogs y portales como ahora en QUARTER ROCK PRESS. A veces hasta me pagan. Y yo tengo el descaro de cobrar.

La música que me gusta me agrada por muchas razones. Puede ser por el riff de guitarra, por la línea de bajo, por su melodía o debido a la letra que alguien le escribió. También por su beat, por su garra o su punch, ninguno de estos términos musicales de orden académico. A veces, la música me engancha hasta la segunda o tercera oída o desde la primera vez que sale por los audífonos. Sin embargo, existen canciones que me conquistan por aquello que evocan.

Muchas veces no tienen que ver ni siquiera con la historia que cuenta (cuando la hay), el año en que se grabó o el video con que se promovió. La mayor parte de las ocasiones esas canciones actuaron como un soundtrack que por capricho la vida le encajó a alguna escena de mi vida. Lo mismo sucede con algunas de las canciones que más detesto.

Es así que ‘La Ciudad De La Furia’, versión con Andrea Echeverri, quedó irremediablemente unida al momento en que perdí mi virginidad. La canción me transportará, hasta que muera, a esa tarde desastrosa en la que el alcohol y la inexperiencia me hicieron protagonizar uno de los peores performances de los que mis sábanas tengan memoria.

‘Times Like These’ me gusta de una forma masoquista, porque me transporta al último 31 de diciembre, día de su cumpleaños, que pasé con mi mamá. Ese día conduje hasta el hospital porque la habían internado de emergencia. El cáncer la doblegaba. Por alguna extraña razón, mientras a ella le colocaban una sonda y yo esperaba en el auto por noticias, me entraron unos deseos incontrolables de oír esa canción de los Foo Fighters una y otra vez.

‘Metro Balderas’, versión de El Tri, sería totalmente prescindible para mí de no ser porque fue la que mis amigos y yo cantamos tras las rejas, cuando caímos en los separos por beber cerveza en la calle en los días preparatorianos.

Marilyn Manson me gusta. Pero ‘mOBSCENE' me transporta al Festival Maquinaria en la Arena Ciudad de México, cuando mi bella acompañante estuvimos a punto de protagonizar una película porno que se llamara ‘Fuck In The Moshpit’.

Similar a ‘Yellow’, de Coldplay, que aunque no me prenda, siempre me arranca una sonrisa por lo que pasó con una ex alumna universitaria en un palco desértico del Palacio de los Deportes. Ambos quedamos sudorosos y semidesnudos mientras Chris Martin saltaba en el escenario.

La semana pasada me encargaron reseñar un par de discos. Me chuté el nuevo de The Prodigy y el de Los Rusos Hijos de Puta. Lo hice. Antes de que alguna de sus canciones se cuele para servir como banda sonora de algún recuerdo personal. Estoy seguro que tarde o temprano sucederá. Porque soy el peor crítico musical del mundo.