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Avándaro

IVÁN NIEBLAS 'EL PATAS' - Periodista y Locutor

(Twitter: @ivannieblas)

 

Del 11 al 13 de septiembre de 1971 tendría lugar en México un evento que marcaría un antes y después en la historia del Rock Mexicano: el Festival de Avándaro. Planeado originalmente como una “noche mexicana” en vísperas de las Fiestas Patrias, el evento llamado Festival de Rock y Ruedas se transformó en un show con bandas de Rock, en el cual además habría una carrera de autos el último día (la cual ya no se llevó a cabo).

Fue Armando Molina (miembro de La Máquina del Sonido y también manager de algunos grupos) quien se encargó de contratar a las bandas que se presentaron. La Revolución de Emiliano Zapata, banda de Guadalajara que entonces gozaba de enorme popularidad con su sencillo 'Nasty Sex', rechazó la invitación pues tenían un compromiso para tocar en Monterrey. Cuando llegaron a su show, descubrieron que los jóvenes estaban abandonando la ciudad para dirigirse al Festival de Avándaro. Aún así no se imaginaron la importancia del evento sino hasta que ya había transcurrido.

Javier Bátiz, otro grande la escena nacional, también fue invitado e incluso existió un cartel con su nombre. Sin embargo, de último minuto declinó, debido a que de los $15 mil pesos que le ofrecían al final se redujeron a $3 mil, cosa que no le pareció buen trato.

Es así que el cartel oficial lo integraron los Dug Dug’s (desde Durango, capitaneados por el indestructible Armando Nava), El Epílogo, La División del Norte (oriundos de Reynosa, Tamaulipas quienes reemplazaron a La Tribu cuya disquera canceló su presentación en el evento), Los Tequila (con la portentosa voz de Marisela Durazo), El Ritual (de Tijuana), Bandido (de Guadalajara, con otro estupendo cantante como Kiko Rodriguez), Los Yaki con Mayita Campos, Tinta Blanca,  El Amor (de Monterrey) y Three Souls In My Mind. Love Army aunque estaba programado, no pudo llegar al lugar, debido al tráfico kilométrico que se los impidió.

Previo al evento oficial y debido a que a las 11 de la mañana ya había una gran cantidad de personas, hubo que entretenerlos, por lo que varias bandas que estaban a la mano, pero no formaban parte del cartel tomaron el escenario. Zafiro, Los Soul Masters, La Fachada de Piedra y Sociedad Anónima se encargaron de tocar para los “jipitecas” (concepto que denotaba la unión hippie/azteca local) y también se presentó la opera-Rock Tommy de los Who a cargo de una compañía de teatro de la UNAM.

La lluvia y el lodo, de igual manera que en Woodstock, no fueron impedimento para que el show se llevara a cabo con todo orden. Una chica desnudándose sobre el techo de un camión y la legendaria frase “¡Chingue a su madre el que no cante!”, proferida por Ricardo Ochoa de Peace And Love, fueron dos de los momentos más notorios de Avándaro.​

El contexto en el que se desarrolló el festival de Avándaro fue decisivo en el impacto que tendría en sus asistentes y la sociedad. Los jóvenes habían sido objeto de una persecución y represión salvaje por parte de un gobierno autoritario, cuyas consecuencias desembocaron en la masacre de estudiantes en la plaza de Tlatelolco en 1968 y el tristemente célebre episodio conocido como el “halconazo” en 1971 en la zona de San Cosme.

Los jóvenes eran vistos como un peligro para la sociedad. Influenciados por el nefasto Rock & Roll intentaban desestabilizar al país, por lo que en lugar de dialogar con ellos como personas civilizadas, era mejor tomar la actitud de padre autoritario y agarrar a los jóvenes a cinturonazos para que tomaran el buen camino, sólo que en vez de cinturón usaron tanques y bayonetas.

La “generación Avándaro” se reunió por el poder de convocatoria del Rock. No obstante, en gran medida se debió a que la idea de un festival en medio de la sierra, rodeados de árboles y alejados de la locura citadina, parecía ser un verdadero oasis dónde poder refugiarse del acoso constante del mundo adulto y por algunos días/horas poder estar en paz entre iguales.

Desgraciadamente la clase política aprovechó para sacar partido del evento. El regente del Distrito Federal y el gobernador del Estado de México, ambos aspirantes a la presidencia de la República, tuvieron el pretexto perfecto para atacarse. El festival de Avándaro costó la cabeza de varios altos funcionarios a quienes se acusó de permitir desastres y la corrupción de la “juventud divino tesoro”.

Las consecuencias de un evento tan pacífico y lleno de armonía fueron completamente inesperadas. A su regreso a la ciudad, los jóvenes se encontraron con una satanización del festival e historias de vicio y degeneración que engalanaban las principales planas de la prensa amarillista.

Los lugares fueron cerrando sus puertas, los ejecutivos de las disqueras amenazaron con retirar sus contratos a las bandas si no cambiaban de estilo hacia las baladas o la onda tropical, y desafortunadamente, para subsistir, muchos optaron por aceptar.

La escena post-Avándaro tuvo que sobrevivir en el subterráneo, literalmente en hoyos en los cuales se refugiaron para escapar de la mano represora, pero sobre todo para que el Rock siguiera sonando. Bodegas, lotes baldíos, casas en construcción, canchas deportivas y camiones fueron los lugares donde la música siguió sonando y nuevas generaciones comenzaron a tomar las riendas.

El espíritu de Avándaro, pareció desaparecer durante la década de los 80, aunque muchos pensaron que con el boom del ‘Rock En Tu Idioma’, habría una revaloración de aquellos que construyeron el camino y abrieron las puertas; sin embargo, ya a nadie le interesaba lo que hubieran hecho o tuvieran que ofrecer.

Fue hasta finales de los 90 que otra generación comenzó a apreciar lo que había sucedido dos décadas atrás. La escena Stoner mexicana (que combinaba los riffs ​pesados del heavy metal con los viajes psicodélicos de los 60), al trazar sus orígenes se encontró con quienes fueron sus progenitores musicales como Enigma, Ciruela, Caramelo Pesado, Nahuatl, Medusa, Newspaper, Three Souls, Dug Dug’s, El Ritual. Algunas de estas bandas comenzaron a tocar de nuevo y otros reeditaron sus álbumes ante este renovado interés.

Hoy en día el Festival de Avándaro no puede ser considerado una anécdota más en la historia de México. Los músicos de la “generación Avándaro” construyeron los cimientos sobre los que se edificó el Rock mexicano tal como lo conocemos, permitiendo que sonara su material original, a diferencia de la generación anterior que hacía covers y versiones al español. Fueron ellos quienes realmente construyeron el legado del Rock Mexicano.

No sería posible pensar en la apertura de las disqueras y conciertos masivos como el Vive Latino (totalmente dedicados a las propuestas mexicanas y latinoamericanas, con algunos invitados de otras latitudes) sin la sangre, sudor, pasión y lágrimas que estos hombres y mujeres imprimieron en su música.