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Rock And Droll 3

Headbanging: Suéltame el pelo y luego, si quieres, el sujetador

Por: Arturo  J. Flores (@arthuralangore) - Editor de Playboy


Si tú tienes poco pelo,

¿para qué quieres barbero? 

Orquesta América

Poco después de cumplir 30 años, escribí un (mal) poema al que titulé 'Headbanging'. Decía más o menos así: 

 

Cabellos que de tanto crecer 

Se enamoran del piso 

Y se suicidan en masa

Fue la manera (cursi) con la que enfrenté una realidad que se me estampó cual pasajero contra el parabrisas, luego de una salvaje frenada de microbús. Se me había empezado a caer el pelo. No fui el primero ni seré el último que un día fatal amaneció con la almohada llena de filamentos, yaciendo como soldados caídos en combate. La escena se repite con mayor regularidad: cabellos en los hombros, en el saco, en el teclado de la computadora…

En 1996 yo estudiaba el segundo año de prepa en La Salle del Pedregal (Ciudad de México). Se me cocían las habas por egresar para dejarme crecer el cabello. En aquella escuela, aunque te dejaban fumar en las áreas abiertas y no usabas uniforme, estaba prohibido que los hombres trajéramos melena. 

Ese mismo año, Metallica lanzó a la venta su disco 'Load'. Para quienes encontramos en sus primeros cinco álbumes el Evangelio según el cual conducíamos nuestra existencia, lo recibimos como un acto de alta traición. Metallica se cortó el cabello. No mames. Ya valió pito. Encima, cuando escuchamos el disco, corroboramos lo que sugería aquella fotografía de la contraportada, en la que James Hetfield, Lars Ulrich, Kirk Hammett y Jason Newsted aparecían no sólo vestidos de traje –baterista y guitarrista con camisita floreada–, sino además con las cabezas arregladas por algún costoso estilista de Beverly Hills. El grupo había rebajado la densidad de su sonido. Los mismos Metallica que nos enseñaron que la pandra representaba el código de etiqueta para incomodar suegras, se nos presentaban con el pelo corto. Fue un golpe muy bajo. 

Hasta entonces, el cabello era visto como un símbolo irremediablemente unido a la música que te gustaba. Entre más largo, más heavy. Entre más sucio, más grunge. 

En algún sitio leí que después de la muerte de Kurt Cobain, Courtney Love cortó un mechón de la cabeza de su marido, lo lavó (cosa que él nunca hacía) y lo guardó. De ser verdad, ese cacho de pelo es lo más cercano al Santo Grial de la Generación X.

Sólo a personajes como Phil Anselmo, de Pantera, se le permitía ir por la vidavcon la cabeza afeitada. Sus gritos de bestia fuera de control y los tatuajes que parecían haber sido grabados con un hierro al rojo vivo, le bastaban para merecer nuestro respeto.

Hubo quienes nunca perdonaron a Metallica el descalabro de cortarse la mata. Incluso hoy, cuarentones, panzones y con hijos, el rencor de esos fans les impide escuchar al grupo sin dedicarles una mueca de desdén. Yo, hasta eso, los aprecio aunque hayan cambiado los "Fuck you" de sus conciertos por un ñoño "God bless you all".

De ahí que cuando salí de la prepa, calculé el momento exacto para dejarme crecer el cabello para que lo tuviera en el límite y que las autoridades no me negaran el certificado, pero a la vez para que el primer día de clases en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) me presentara yo con una incipiente cabellera.

Así, entre los 19 y hasta los 30 años llevé el cabello largo por temporadas. Con todo lo que ello significaba. Era rizado, entonces se me enredaba. Además, lo tenía muy maltratado porque siempre lo ataba en una cola de cabello. Pero todo valía la pena con tal de hacer headbanging en los conciertos. Porque entonces la mayoría de lo que escuchaba era rock duro, guitarras distorsionadas y baterías trepidantes.

Mi zona de confort era en realidad un spa. Los lugares comunes definían mi existencia. Hasta que se me empezó a caer el pelo. Atravesé por todas las etapas conocidas, desde la negación, la frustración, el enojo y finalmente, la aceptación. Aún no he llegado al extremo de ser calvo, pero el día que eso suceda tampoco me cortaré las venas.

A veces escucho los primeros discos de Metallica y me entra por una compasión paternal por mi adolescencia. Incluso han comenzado a gustarme algunas canciones del 'Load'.

Actualmente mis gustos musicales se han extendido a otras naciones sonoras que nada tienen que ver con términos absolutistas y en desuso como el Rock, duro, guitarras distorsionadas y baterías trepidantes. Hace poco una amiga me presentó a un artista de hip hop que me agradó bastante y por motivos de trabajo escuché (y me enganché) de la inclasificable FKA Twigs. También descubrí que me gusta usar sombreros y tengo muchas camisas floreadas como las de aquel Metallica de 1996. Junto con el pelo se me cayeron otras cosas. Y la verdad es que no las extraño.